"Hay una escena que se repite mucho en el Instituto y que a mí siempre me ha parecido hermosa.
Cuando entro al taller y encuentro a un alumno trabajando en su entrega. Pero al rato ya no sé muy bien quién es mi alumno: está él lijando, el papá lijando, la mamá resolviendo algo, el hermano cargando una pieza, la novia o el novio ayudando… y todos metidos en el proyecto como si la entrega fuera de la familia completa. Yo siempre les digo en broma: familia que lija unida, permanece unida. Pero hoy quiero decirlo sin bromear: ninguno de ustedes llegó solo hasta aquí. Detrás de cada uno hay una historia que nosotros, sus profesores, conocemos sólo en parte. Sus padres y sus familias conocen la otra parte: las madrugadas, el estrés, los materiales que aparecieron a última hora, las dudas, las carreras y esa frase que probablemente escucharon cientos de veces durante estos tres años: “Es que tengo entrega”. Los que estudiamos diseño sabemos que esa frase puede justificar prácticamente cualquier cosa. Pero también sabemos todo lo que significa.Por eso, antes de hablarles a ustedes, quiero hablarles a sus padres y a sus familias. Nosotros tuvimos el privilegio de verlos llegar. Los vimos entrar con talento, sí, pero también con dudas, inseguridades y muchísimo por aprender. Y durante tres años los vimos cambiar. Cambió su manera de pensar, de hablar, de defender una idea, de recibir una crítica, de equivocarse y volver a empezar. Ustedes, sus familias, también vieron esa transformación. Pero la vivieron desde otro lugar. Estuvieron detrás de ellos cuando las cosas salían bien y, sobre todo, cuando no salían bien. Así que hoy quiero decirles algo muy sencillo: Valió la pena.
Mírenlos. Miren en quiénes se han convertido. Y graduandos, ahora quiero que ustedes se volteen un momento y los miren a ellos. Porque el diploma que van a recibir lleva el nombre de ustedes, pero el camino hasta aquí está lleno de personas. Este aplauso que pido, no es de ellos para ustedes. Esta vez el aplauso es para ellos, sus familias, su equipo. Este año ocurrió algo que me hizo pensar mucho en lo que significa realmente formar a un diseñador. Fue un año complejo para todos. Y no quiero detenerme hoy en las circunstancias difíciles que vivimos. Prefiero hablar de lo que esas circunstancias nos permitieron descubrir sobre ustedes. Cuando ocurrió el terremoto, muchos estudiantes sintieron inmediatamente la necesidad de ayudar. Querían hacer algo. Querían sentirse útiles.Y eso nos tocó especialmente porque, cuando muchos de los que hoy estamos en esta tarima éramos estudiantes de esta misma escuela, vivimos el deslave de Vargas. También quisimos ayudar. También hicimos lo que pudimos. Por eso, cuando vimos esa misma necesidad aparecer en ustedes, desde el Instituto tomamos una decisión muy sencilla: abrir las puertas. Si querían ayudar, esta era su casa. Aquí tenían un lugar para hacerlo. Nosotros ya en la retaguardia. Nos dedicamos a apoyarlos. Lo interesante fue ver lo que ocurrió después. Lo que comenzó como un centro de acopio empezó a convertirse en otra cosa. Ustedes organizaron, clasificaron, distribuyeron, detectaron errores, cambiaron procesos, probaron otra vez y mejoraron. Yo recuerdo acercarme a algunos de ustedes y decirles solamente: “Acuérdense de Henry Ford y de la línea de producción”. Y ustedes hicieron el resto. Pero hubo un momento que para mí terminó de darle sentido a todo. Fui a una farmacia a comprar medicamentos para colaborar y la mayoría de personas de la fila estaban comprando productos de una lista. Era la lista de nuestros estudiantes. Pensé: esto salió del Instituto. Esto que ellos organizaron aquí ya está moviendo a otras personas en la ciudad y está llegando a las familias que lo necesitan. Ahí entendí algo. Durante tres años les pedimos que diseñaran objetos, imágenes, espacios, sistemas, mensajes. Les pedimos que hicieran entregas, que defendieran proyectos, que repitieran una propuesta porque todavía podía ser mejor. Pero en ese momento no había una nota. No había un jurado. No había una entrega. Había un problema real. Y ustedes supieron qué hacer. Eso es diseño.
Hace poco estaba leyendo un texto que decía que la función primordial del diseñador consiste en solucionar problemas. Pero decía algo todavía más interesante: que el diseñador tiene que ser capaz de darse cuenta, mejor que otros, de cuáles son los problemas que existen. Incluso de descubrir problemas que nadie había visto todavía. Eso me quedó dando vueltas. Porque quizás lo más importante que han aprendido aquí no fue a hacer cosas. Fue a mirar. A mirar algo que todos los demás dan por sentado y preguntarse: ¿por qué funciona así? ¿Tiene que ser así? ¿Qué estamos dejando de ver? ¿Podemos hacerlo mejor Ustedes salen del Instituto en un momento muy particular. Nunca había sido tan fácil producir una imagen, una forma, una propuesta, una respuesta. Las herramientas que hoy tenemos —y las que aparecerán en los próximos años— van a hacer en segundos cosas que hace muy poco nos tomaban horas o días. Y eso no hace menos importante al diseñador. Hace más importante su criterio. Porque una herramienta puede producir miles de respuestas. Pero alguien tiene que ser capaz de hacer la pregunta correcta. Alguien tiene que observar. Entender a las personas. Conectar conocimientos distintos. Decidir qué vale la pena hacer y qué no. Y, sobre todo, asumir la responsabilidad de lo que decide crear. Por eso no sé cuántos de ustedes terminarán haciendo exactamente aquello que hoy imaginan. Algunos sí. Otros crearán empresas. Cambiarán de disciplina. Se irán. Volverán. Trabajarán con tecnologías que hoy ni siquiera conocemos. Se van a equivocar. Van a empezar otra vez. Y está bien. Porque no se llevan solamente una profesión. Se llevan una manera de mirar. Se habla mucho de ustedes como la “generación de cristal”. Después de este año, yo no estoy tan seguro. A veces pienso que los de cristal somos nosotros, los padres. Porque los hemos visto enfrentarse a situaciones que hubiésemos querido evitarles. Los vimos recibir presión, equivocarse, comenzar otra vez, trabajar juntos y responder cuando las circunstancias se pusieron difíciles. Y no se rompieron. Así que, si ustedes son de vidrio, salieron templados, o como frasco de perfume.
Este año tuve además la oportunidad de compartir el salón de clases con muchos de ustedes. Los conozco. Los he visto trabajar. Los he visto frustrarse. Me han sorprendido. Y los quiero mucho. Precisamente por eso no quiero terminar diciéndoles simplemente que todo les va a salir bien. Eso dependerá de ustedes. Quiero pedirles algo más importante: no pierdan la capacidad de observar. No permitan que la costumbre les haga dejar de ver. No permitan que una herramienta piense por ustedes. No permitan que el éxito les quite la curiosidad. Y no permitan que el miedo les quite las ganas de intentar algo que todavía no existe. Acaban de recibir un diploma que dice que son diseñadores. Pero ese papel no es lo que los convierte en diseñadores. Lo serán cada vez que sean capaces de mirar algo que todos los demás han aprendido a aceptar y tengan el valor de decir: “Esto puede ser mejor”. Hoy sus padres los miran y ven hasta dónde llegaron. Nosotros los miramos y vemos en quiénes se han convertido. A partir de mañana les toca a ustedes mirar hacia afuera. Miren con curiosidad. Miren con inconformidad. Miren con empatía. Y cuando encuentren algo que pueda ser mejor, no esperen a que otro lo resuelva. Para eso los formamos. Para eso sirve el diseño. Y recuerden algo más: el Instituto no deja de ser su casa porque hoy se gradúen. Cuando tengan un logro, vuelvan. Cuando necesiten ayuda, vuelvan. Cuando tengan algo que enseñar, vuelvan. Y cuando las cosas no salgan como esperaban, vuelvan también. Somos su familia extendida. Aquí vamos a estar. Ahora les toca a ustedes. Salgan. Miren. Cuestionen. Construyan.
Felicitaciones muchachos."
Jorge Wahbeh, 2026.


